Monday, August 06, 2007

Una Plaza Y Una Gringa


Por: Carlos Posso Cevallos


Al volver hacia atrás, al recoger las miradas que se dejaron en el camino, sólo queda la sensación en sí, eso que perdura y que hoy pertenece al dulce y perverso territorio de la memoria.

La mirada del viajero siempre es obscena. Juzga, define. Es como si a cada momento enseñase a su retina un nuevo modo de asombro, un nuevo modo de presenciar la fragilidad humana. Es ese tipo de mirada la que me asiste al llegar a Otavalo.

Ubico mi atención en una reunión de extranjeros. Caminan raudos. De sus bocas llegan palabras extrañas. No sé si burlan o mastican el trajín del viaje. No distinguen los cuerpos que se mueven a su alrededor. Disponen sus rostros, sus piernas con la indiferencia que sólo nos dota la sensación de habernos familiarizado con un lugar o la tierna impertinencia de creer que la inferioridad sólo está en el resto.

Nunca me agradaron las artesanías. Las que fueren. Me molesta la repetición, las series. Creo que los indios de la Plaza de Ponchos piensan igual. Sólo venden los retazos más atractivos de su cultura –de la nuestra-. Cubren con encanto las apetencias más dispares de los viajeros: desde un saco de lana hasta una baratija con el símbolo chino del bien y el mal.

Me pregunto qué es lo que queda de los Otavalos. De la comunidad ancestral. Veo a un indio que viste un jean ancho y una camiseta larga, un “hip hopero”. Lo mismo sucede con los adolescentes de todo el mundo. Las culturas, las identidades cambian, absorben, se contraen (aunque no del modo vertiginoso como los intelectuales de la posmodernidad afirman).

La identidad no se construye desde la vestimenta o la comida. La de los indios se ancla en puntos de referencia diversos (sin que ello signifique que han"perdido” varias de las significaciones de su pasado). La condición de las culturas es el cambio.

Entonces ¿debo juzgar? Llenarme la boca con el cacareo de “nuestras verdaderas e inmutables raíces”. Decido caminar.

El sol fastidia. Me lanzo a un cafetín sucio. Exactamente no sé cual de mis sentidos resulta más afectado. Un cóctel de imágenes: el rostro de Bob Marley en la pared, el afiche de Bucaram y un calendario que muestra fotografiados a unos perros que son más felices que sus dueños. Algo me salva.

La furia de Hendrix atraviesa la sala. Pido una bebida. El “hiphopero” llega con dos tipos. Hablan de viajes. Madrid, Bélgica. Con algo de esfuerzo su emoción se parecería al orgullo. Una niña con anaco deja un par de cervezas en su mesa. Hendrix concluye, salgo a la plaza.

Entre los kjarkas y una gringa desnuda. Su nariz parece más antigua que el resto de su cuerpo. Es como si hubiese sobrevivido al tiempo y hoy interfiriera en la armonía de los ojos y la boca. Pero él no repara en ello. Lleva de su mano a una “gringa” agridulce. Ella organiza su alegría de modo que los curiosos se ofendan con el contraste. Parece enamorada. Los trazos de su cara agravian la humildad del mundo.

Si descascarara la alegría de él no encontraría la vanidad sino la costumbre. Camina con desparpajo, como quien lleva los zapatos viejos de la navidad pasada. No se precia de lo que toma entre las manos. Sus cabellos están mojados. Alguien les ofrece un anillo, lo que sea. La gringa sonríe y apura sus pasos.